sábado 9 de agosto de 2008

La vida tal y como la conocemos



La armonía y la felicidad sin reservas son algo natural en todos y cada uno de nosotros, sin embargo, así parece un día de trabajo típico y así lo sienten muchas personas: nos despertamos, nos arrastramos hasta salir de la cama y, antes incluso de llegar al cuarto de baño, empezamos a preocuparnos y programar lo que va a ocurrir en el día que nos espera. Ya gastamos la poca energía que hayamos podido almacenar con el sueño, si tenemos la suerte de haber podidodormir. Después, muchos viajamos hasta el trabajo, lo cual nos añade más estrés debido al tráfico, o la multitud de gente que corre hacia su trabajo también, o simplemente por la frustración que nos produce el tiempo que «perdemos». Cuando llegamos, no nos hace ninguna ilusión estar allí, y nos aterran las cosas que debemos hacer. A trancas y barrancas va pasando el día, y esperamos que llegue la hora de comer o el final de la jornada. Tenemos diversas interacciones con los compañeros de trabajo, algunas satisfactorias, y muchas, no. Como pensamos que poco se puede hacer con lo que ocurre o el sentimiento que nos produce, normalmente nos limitamos a ocultar nuestras emociones y a esperar que el día pase lo más deprisa posible. Cuando acaba la jornada, estamos agotados de haber estado reprimiendo nuestros sentimientos Tal vez nos dirijamos a disgusto hasta el bar de la esquina para pasar un rato con los amigos, comer, beber y ver las noticias de la televisión —una capa más de estrés—, confiando en que nuestros sentimientos van a desaparecer. Aunque es posible que después nos sintamos un poco mejor, la realidad es que los sentimientos no han hecho más que esconderse. Somos como ollas a presión humanas con los cierres abiertos, y nos cuesta muchísima energía impedir que salte la tapadera. Cuando por fin llegamos a casa para reunirnos con nuestro cónyuge y nuestros hijos, y ellos quieren hablarnos del día que han tenido, ya no nos quedan fuerzas para escuchar. Podemos intentar poner buena cara, hasta que cosas sin importancia nos hacen perder los nervios. Al final, la familia se distribuye ante el televisor, hasta que llega la
hora de irse a la cama.

A la mañana siguiente, nos levantamos e iniciamos toda la película de nuevo. Un poco deprimente, ¿no? Pero ¿no nos resulta familiar? Tal vez tu caso sea un pocodistinto; ojalá sea mejor que el dibujado. Quizá seas un padre o una madre que se queda en casa con los pequeños. Quizá un empresario independiente que se ocupa de la mayor parte de los asuntos del día por teléfono o por Internet. Pero, pese a todo, la tendencia probablemente sea similar.

Parece que los surcos por los que solemos discurrir se van haciendo más profundos con el tiempo, hasta que tenemos la sensación de que no hay escapatoria.
Pues bien, no tiene por qué ser así. Existe una escapatoria.



Del libro : Metodo Sedona